22 abril, 2010

Sobre la pederastia y la Iglesia.


Para muchos niños y niñas, el Infierno está en la tierra.

Esta época de gigantescas transformaciones continúa desvelando los monstruos que se ciernen sobre ella.

Desde hace años han empezado a emerger los terribles abusos perpetrados por curas católicos contra niñas y niños. Entre una misa y otra, moviéndose de parroquia en parroquia, numerosos “pastores de almas” se han aprovechado brutalmente de los cuerpos de jovencísimos, indefensos, ni siquiera defendidos por sus familias ingenuamente confiadas de los “amigos” con sotana. Curas que quizás sean reos confesos y obispos cómplices están o deberían estar en el banquillo de los acusados. Desde Irlanda a EEUU, pasando por Alemania y Francia, desde Inglaterra a Brasil se suceden las denuncias de abusos, maltratos, violaciones contra la infancia que parecen endémicos, para nada ocasionales, que vienen de lejos y se han reiterado a lo largo del tiempo. ¿Cómo no interrogarse con angustia sobre todo aquello que sucede y no sabemos? ¿Cómo no temer por cincuenta millones de pequeños confiados a la “tutela educativa” de la santa madre Iglesia?

Los periódicos y televisiones italianas en general lo minimizan. Se quedan en la superficie, dan voz a las justificaciones de quien encubre a los verdugos, mostrando una vez más su naturaleza servil y cobarde, pero, por lo menos, la BBC, conocida emisora anarquista, el New York Times, diario extremista y anticlerical, Der Spiegel, órgano gibelino, abren resquicios de verdad. El estado pontificio a través de su Papa, tras haber balbuceado alguna autocrítica parcial basada sobre reticentes admisiones indirectas, se ha lanzado a una desvergonzada contraofensiva hablando de “oleada mediatica” de acusaciones injustificadas. Peor, no ha perdido la ocasión para lanzar sus propios dardos contra la libre autodeterminación femenina, atacando por enésima vez -a través de la Conferencia Episcopal Italiana- el derecho al aborto. En realidad los hechos que salen a la superficie se inscriben dentro de la larga historia de opresión directa (y de complicidad con otras opresiones), de persecuciones, de torturas, de homicidios cometidos por el poder papal a través de los siglos contra los más débiles e indefensos, sobre todo contra las mujeres.

Que la Iglesia no represente solo esto no justifica en modo alguno aquello que ha cometido, ni mucho menos pueden bastar escusas débiles y tardías. La continuidad delictiva se revela en la lógica codificada de la absoluta impunidad. En una circular secreta titulada “Crimen Sollicitationis” de 1962 – actualizada sucesivamente pero nunca retirada- se dictaba la lógica plúmbea del encubrimiento de los delitos cometidos por curas, amenazando con la excomunión a las personas involucradas, no previendo ningún resarcimiento o apoyo para las víctimas, prometiendo silencio en relación a las otras instituciones estatales. Entonces nada de aquello que se empieza a ver o a intuir es casual, ni inesperado o improvisado: no lo son las huídas de curas abusadores ni los apoyos que encuentran. Es así de terrible este código omertoso que entra en contradicción con ciertas leyes burguesas: donde existen y se aplican, por muy insuficientes que sean, han visto la condena de algunos culpables como en los EEUU.

Pensemos en los millones de fieles sinceros: ¿abrirán por fin los ojos? Y pensemos en tantos curas valientes y católicos que disienten ¿Cuándo se alzará su grito de condena definitivo? Lamentablemente, en el confuso rebaño no vemos por ahora un Dante o un Michelangelo capaz de expresar explícitamente un veredicto incluso partiendo de su propia fe.

Pensemos antes que nada en las víctimas: muchas niñas y niños que han hallado concretamente el infierno justo ahí y en quien buscaban el Paraíso imaginario. Personas cuya vida ha sido herida tan gravemente sino ha quedado afectada para siempre.

Buscar el diálogo con quien cree en el Más allá significa también afrontar estas plagas abiertas y sangrantes de las que son responsables las instituciones a las que obedecen.

Estos acontecimientos tienen un valor más general para nosotros humanistas socialistas: llaman a reafirmar la centralidad ética en nuestro compromiso centrada sobre la constante prueba autobiográfica, y en virtud de esta elección reafirmamos nuestra irreconciliable alteridad en relación a las instituciones religiosas por su carácter intrínsecamente opresivo.

Probando humildemente pero con tenacidad a afirmar nuestros ideales y valores nos preguntamos ¿Cual es la ética vaticana? ¿Aquella que en nombre de la promesa de un bien absoluto post mortem permite un mal tan feroz en vida? ¿La que traduce el libre albedrio en libertad de abirtrio de sus propios portavoces contra los indefensos? ¿La que censura la belleza femenina (en primer lugar) y profesa la castidad para luego permitir la más obscena pedomanía? ¿La que esconde la verdad de sus propios delitos con el sello de confesión? ¿La que a la espera de la justicia divina sustrae a sus propios servidores de cualquier justicia humana?

28 de marzo de 2010
Dario Renzi

En La Comune nº144